jueves, 3 de octubre de 2013

Otro jueves como los demás.

Llegó octubre y todos andamos con los cables medio cruzados, especialmente yo. Resulta que es una época del año en que te revienta la rutina y faltan tres meses para las vacaciones. Estoy cansada, de mal humor, pasé doce horas fuera de casa saliendo y entrando de clases, estoy algo verde de tanto tomar mate y el chofer de colectivo no frenó para que yo suba, dejándome plantada otros cuarenta minutos. Tranqui.
Nunca fui muy amiga de la rutina, pero resulta que es un mal necesario. No soy de esas personas que se tomarían uno o dos años sabáticos porque me cortaría las venas en el intento. Pero, a pesar de que soy una persona tranquila, necesito mantenerme ocupada. Me gusta mi carrera, pero me satura. Por otro lado, aceptaría el año sabático si de viajar se tratase. Me gusta viajar. 
Con mi mejor amiga siempre soñamos con irnos de mochileras, viajar, conocer lugares, gente. No creo que eso pase. El motivo es uno y resume todo: Tenemos miedo. Ya no tenemos diecisiete años y estamos conciente del peligro que significa viajar solas por ahí desprovistas de recursos. Me siento un poco vieja con estos comentarios, sobre todo si recuerdo todas las locuras que hice no hace mucho. Afortunadamente tengo un culo increible, un dios aparte y nunca nos pasó nada. Igual, toco madera, que nunca me pase. Tengo veinte años y todavía me embriago los sábados a la noche, algunos viernes y algún que otro feriado. 


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