“Las mujeres somos las de la intuición”; al
menos así dicen. Yo, particularmente, no me considero una persona muy
intuitiva. Al contrario, por lo general erro bastante, si de adelantar hechos
se trata. Pero ¿qué es la intuición? ¿Un sentir? ¿Una especie de latido, un
deja-vú ocasional? Yo más que intuición, acostumbro a guiarme por mi sentido
común y mi experiencia, aunque acepto que muchas veces me equivoco, por
ejemplo, con las personas. Traigo conmigo tan arraigados una serie de prototipos
que me fueron imponiendo a lo largo de la vida, que veo venir de noche a un
chico con pelo largo y por las dudas cruzo la calle; veo a un tipo con alianza
de casado y me genera confianza… como decía, prototipos. Porque ¿quién dice que
ese chico con pelo largo es mala gente, o que el tipo con alianza no es un
golpeador?
La mayor parte de las veces, me equivoco con la
primera impresión que tengo de la gente. Tanto si fuese una impresión buena o
mala, esa persona me termina demostrando que estaba equivocada. Que el chico
con pelo largo era un buen tipo, inteligente, y que el que tiene un título
colgado en su pared es un forro. Desde que me di cuenta de mi poca capacidad
para intuir a la gente desconfío de mi misma. Desconfío de mi intuición e
incluso de lo que mi sentido común por mi experiencia me pueda decir. Y las
pocas veces que acerté me odié a mi misma, porque en el fondo lo sabía y no
quería aceptarlo por miedo a estar equivocada. Porque de última, no somos todos iguales,
siempre, en algún montón y en el lugar que menos imaginamos, puede estar
escondida la excepción.
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