En esos días andaba tan alterada, tan
sobre-sensible, tan extremista en todas mis formas. Quería algo y descartaba
todo, necesitaba a alguien pero no hablaba con nadie. El amor y el odio eran uno. Mi familia se había acostumbrado a mi hasta el punto de
dejar de pelearme para que me levantara de la cama o me sentara en la mesa a
almorzar, se los veía furiosamente resignados. Nadie me dirigía la palabra y
mis días y mis noches transcurrían tras cuatro paredes pintadas de lavanda.
Dormía de día y vivía de noche. Me paseaba de la cama al baño y algunas noches
me sentaba durante horas frente al ordenador. Leía o pasaba el día pintando un
John Lennon multicolor, cocía algunas prendas que usaría en alguna ocasión,
miraba Los Simpsons y dormitaba.
Esos días me sentía profundamente triste y la
tristeza se debía a la enorme soledad que me pesaba. Mi cable a tierra siempre
habían sido mis amigas y en ese momento ya no estaban ahí para ayudarme, esta
vez no podía escapar. Me encontraba conmigo, y me odiaba. Odiaba todo lo que
ocasionaba, odiaba que todo lo que tocaba lo arruinaba, odiaba el miedo que me
llevaba a no-tocar por miedo a arruinar. Odiaba ver a mi entorno tan enamorado
de un amor que me resultaba extraño y odiaba verme a mi misma anhelando poseer
algo que desconocía. Odiaba sentirme tan víctima y leer mensajes que me
apuntaban como la victimaria. Negaba todo. Me refugiaba detrás de una
sinceridad punzante que lastimaba a quien intentaba acercarse y ponía en mi
contra a quien más me quería. El encierro me tornaba la peor versión de mi
misma. Odiaba el punto de no retorno y las circunstancias que me habían llevado
a esa situación.
Dos meses atrás tenía lágrimas que regar, me
lamentaba por mis malas decisiones, por mis errores. Perseguía promesas de que
si dejaba atrás todo algo bueno llegaría. Amaba la idea de ese “algo bueno”,
después de tanto mal trago. Y ahora me veía peor que antes, peor que nunca, me
veía como hace años no me veía, sola e indefensa. Ya no me quedaban excusas
para culpar al destino, estaba segura de que recogía mi siembra y la noche
entera me dedicaba a repasar cada gesto que me podía haber abandonado a la deriva. No
hablaba del tema con nadie, y si lo dialogaba, era para lamentarme por mi
consecuencia, evadía con todas mis fuerzas la causa. Si alguna vez alguien lo
mencionaba cambiaba de tema, sentía un puñetazo en la boca del estómago, sentía
herido mi orgullo, mi corazón, mis sueños y mis esperanzas.
Corría en la dirección contraria, corría de
todo lo que antes había matado mi inocencia y buenas intenciones. Ni la suerte,
ni mi cacho de "belleza", ni siquiera mi inteligencia, se habían puesto de mi lado nunca.
Las veces que aposté me tocó pagar y nunca nadie se jugó por mi.
Así estaba en esos días. No caía una lágrima,
pero se traducía todo mi interior en mal humor y horarios despatarrados. Quienes
me entendían no querían verme, quienes me veían no se imaginaban lo que pasaba
conmigo. Dormía, pintaba, leía. Sin darme cuenta crecía y sin saberlo me
quedaba tanto por vivir. La ansiedad no me permitía ver que con solo 20 años y
si Dios me lo permitía, me quedaba un largo trecho por recorrer, mucha gente
por conocer y mucho por aprender.
"Andabamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"
JULIO CORTAZAR
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