miércoles, 19 de marzo de 2014

Causa-lidad.

"eslabones en una cadena inexistente, cómo nos sostenemos aquí, cómo podemos estar reunidos esta noche si no es por un mero juego de ilusiones, de reglas aceptadas y consentidas, de pura baraja en las manos de un tallador inconcebible...”
'Rayuela' Julio Cortazar

Amo con mi ser cada una de mis casualidades. Porque por casualidad nací en Argentina, por casualidad mis padres se conocieron y son mis padres, porque por casualidad eligieron esta casa, me mandaron a ese colegio y conocí a esas personas que también por casualidad me conocieron, y así, todo por casualidad, hice esos amigos. Por casualidad leí sobre mi carrera y por casualidad estoy estudiando esto y no aquello. Por casualidad vivimos, por casualidad es acá, por casualidad conocemos a la gente que conocemos.
Casualidad, esa es la palabra que eligen los incrédulos que se fían de la ciencia para hacer sus pronósticos e hipótesis. Me hacen bostezar, porque creen en la casualidad, creen que pudo ser como que no. Y tienen razón, pero resulta que es cuando podría no ser y eso es lo que me altera. Porque es, porque estoy acá, porque respiro, porque éste es mi cuerpo, porque podría ser cualquier otra persona pero soy esta. Soy un conjunto de decisiones tomadas, soy un enjambre de gente que pasó por mi vida, soy mi país, soy mi casa, soy todo y más que eso. No soy casualidad, de eso estoy segura, puedo ser más bien “causa”. De eso me gusta hablar, de las causa-lidades.
Podría empezar a escribir sobre el destino, pero me aburre ese monólogo tan repetido, lleno de contradicciones. Prefiero hablar de las causas y dejar tranquilos a los que todavía creen el libre albedrío, mientras yo, creo en un ser superior que me guía, que sabe de antemano que voy a decir y que voy a elegir. Yo soy causa, de mi van a derivar muchas más consecuencias que se van a convertir a su vez en causa. Nadie pasa inadvertido, todos tocamos lo que nos rodea por el simple echo de estar vivos, lo afirmo.

¿Quién no se preguntó alguna vez como sería todo si no existiéramos? ¿Cómo sería si yo no existiera? Estoy segura de que nada en mi entorno sería tal y como lo conozco, yo transformé vidas con el solo hecho de nacer. Entonces, ¿cómo podemos ir por ahí pensando que vivimos por vivir? Soy causa y efecto. Mi existencia va a desembocar en miles de efectos más, hasta mi muerte, ésta también va a tener su efecto. Por el momento, prefiero concentrarme en la vida, en vivir lo mejor posible, con mis errores –predestinados- para acarrear conmigo los mejores efectos posibles, para cumplir lo mejor posible con mi causa.

domingo, 16 de marzo de 2014

Un presente en pasado.

En esos días andaba tan alterada, tan sobre-sensible, tan extremista en todas mis formas. Quería algo y descartaba todo, necesitaba a alguien pero no hablaba con nadie. El amor y el odio eran uno. Mi familia se había acostumbrado a mi hasta el punto de dejar de pelearme para que me levantara de la cama o me sentara en la mesa a almorzar, se los veía furiosamente resignados. Nadie me dirigía la palabra y mis días y mis noches transcurrían tras cuatro paredes pintadas de lavanda. Dormía de día y vivía de noche. Me paseaba de la cama al baño y algunas noches me sentaba durante horas frente al ordenador. Leía o pasaba el día pintando un John Lennon multicolor, cocía algunas prendas que usaría en alguna ocasión, miraba Los Simpsons y dormitaba.
Esos días me sentía profundamente triste y la tristeza se debía a la enorme soledad que me pesaba. Mi cable a tierra siempre habían sido mis amigas y en ese momento ya no estaban ahí para ayudarme, esta vez no podía escapar. Me encontraba conmigo, y me odiaba. Odiaba todo lo que ocasionaba, odiaba que todo lo que tocaba lo arruinaba, odiaba el miedo que me llevaba a no-tocar por miedo a arruinar. Odiaba ver a mi entorno tan enamorado de un amor que me resultaba extraño y odiaba verme a mi misma anhelando poseer algo que desconocía. Odiaba sentirme tan víctima y leer mensajes que me apuntaban como la victimaria. Negaba todo. Me refugiaba detrás de una sinceridad punzante que lastimaba a quien intentaba acercarse y ponía en mi contra a quien más me quería. El encierro me tornaba la peor versión de mi misma. Odiaba el punto de no retorno y las circunstancias que me habían llevado a esa situación.
Dos meses atrás tenía lágrimas que regar, me lamentaba por mis malas decisiones, por mis errores. Perseguía promesas de que si dejaba atrás todo algo bueno llegaría. Amaba la idea de ese “algo bueno”, después de tanto mal trago. Y ahora me veía peor que antes, peor que nunca, me veía como hace años no me veía, sola e indefensa. Ya no me quedaban excusas para culpar al destino, estaba segura de que recogía mi siembra y la noche entera me dedicaba a repasar cada gesto que me podía haber abandonado a la deriva. No hablaba del tema con nadie, y si lo dialogaba, era para lamentarme por mi consecuencia, evadía con todas mis fuerzas la causa. Si alguna vez alguien lo mencionaba cambiaba de tema, sentía un puñetazo en la boca del estómago, sentía herido mi orgullo, mi corazón, mis sueños y mis esperanzas.
Corría en la dirección contraria, corría de todo lo que antes había matado mi inocencia y buenas intenciones. Ni la suerte, ni mi cacho de "belleza", ni siquiera mi inteligencia, se habían puesto de mi lado nunca. Las veces que aposté me tocó pagar y nunca nadie se jugó por mi.

Así estaba en esos días. No caía una lágrima, pero se traducía todo mi interior en mal humor y horarios despatarrados. Quienes me entendían no querían verme, quienes me veían no se imaginaban lo que pasaba conmigo. Dormía, pintaba, leía. Sin darme cuenta crecía y sin saberlo me quedaba tanto por vivir. La ansiedad no me permitía ver que con solo 20 años y si Dios me lo permitía, me quedaba un largo trecho por recorrer, mucha gente por conocer y mucho por aprender. 

"Andabamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos"
JULIO CORTAZAR


sábado, 15 de marzo de 2014

Memorizarlo


Ni conmigo ni sin mi.

¿Por qué sentimos esa gran necesidad de estar acompañados? ¿Por qué no podemos ser felices estando solos? Con nosotros mismos.
El hombre de por si es un ser social, necesita rodearse de los demás para llevar una vida felizmente normal, para no enloquecer. Al menos así dicen. Hay aquellos que disfrutan tanto estando solos, con su música, sus ideas, con el silencio de la casa. Mientras otros -me incluyo totalmente- no podemos pasar una noche solos, una semana, un mes, porque comenzamos a sentir una gran ausencia, un gran vacío, un pesar que no nos deja en paz. Pasé noches y noches enteras (sin dormir) intentando encontrar una respuesta a este interrogante que pesa una tonelada en mi pecho. Quiero convencerme de que es algo psicológico, que está todo en mi cabeza, que no me falta nada, que tengo una vida por delante y mil personas por conocer, que todo es temporal, etcétera, etcétera, etcétera. Pero resulta que llega la noche y la soledad se hace presente, como una sombra, no me deja descansar. ¿Acaso tenemos miedo de estar solos? Y si es así ¿por qué?...
Más de una vez escuché de alguna boca la frase “ella no puede estar sola…”, nunca quise que sea mi caso, lucho contra eso, me obligo y me pongo metas para estar algún tiempo con nadie más que conmigo. Pero siempre me termino traicionando, pasan uno, dos meses y me vuelvo a ver abrazada a algún ser que poco tiene que ver conmigo. Busco desesperadamente ¿amor? o alguna excusa para atarme a alguien con quien, por lo general, no soy compatible, casi no conozco o no quiere estar conmigo. Soy conciente de eso, lo asumo, pero así y todo no entiendo porqué no paro. Porqué después de tantas caídas, de tanto errar, de tantas desilusiones, de tanta mala leche, no paro un poco. Porqué no puedo ser un poquitito más rencorosa con la raza masculina y permitirme disfrutar de mis silencios, de mis tiempos, tomarme un descanso. ¿Acaso tengo miedo a estar conmigo? ¿Acaso de quien tanto huyo… es de mi misma? ¿A qué le tengo tanto miedo? ¿Es a la soledad en sí, al estigma social de ser “la que nunca tiene novio” o a lo que pueda encontrar si me encuentro? Podría ser un poco de todo, o ninguna de las anteriores.
Nos despedimos. Atentamente. Mi soledad y yo.