Cuando algo nos duele, nos perturba o nos molesta, podemos a
llegar a ser insoportablemente reiterativos. Reiterativos con quienes nos
escuchan y con nosotros mismos. Podemos darle mis vueltas a la situación durante
meses e incluso años, esperando a que llegue una respuesta, a que llegue una solución
mágica que cambie esa situación que nos disgusta. Y mientras tanto, nos
envenenamos. Nos vamos frustrando, con la espera y con el pajarito de twistos golpeándonos
la cabeza con esas ideas. Se vuelve insoportable incluso para nosotros mismos y
ni hablar de los demás, que llegan a un punto en cual ya no pueden escucharnos
redundar en lo mismo. Y te pesa, porque necesitas hablarlo, pero al mismo
tiempo te sentís una densa que no supera. ¡SUPERALO! Pero ojalá fuera tan fácil.
Ojala no me doliera, ojala no me importara, ojala pudiera
cambiar de idea como cambiamos de canal y a otra cosa mariposa. Porque bien se
que es muy fácil tapar el sol con un dedo, pero el sol no va a tardar en salir
y, entonces, me voy a sentir peor, como me paso tantas veces. Por eso trato
todos los días de estar bien, de no pensar, solo por esperar que lo mejor llegue.
Porque se que –aunque se esté tardando demasiado- va a llegar, que las cosas
van a cambiar, que no hay mal que dure 100 años. Pero, me pregunto, si cuando
llegue va a ser realmente la solución al problema. Porque si el problema soy
yo, ni cayendo mil soluciones del cielo voy a estar mejor. Por eso, reitero,
intento estar bien yo. Me cuesta horrores, pero intento. Salgo, trato de pensar
positivo, trato de no pensar.
Pero resulta que taparse los ojos para no ver un problema, no resuelve el problema.

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