Este fin de semana me tocó hacer de promotora. Ya
saben, pararme en una esquina a repartir volantes a todo el que pase. Entre
horas ahí parada rodeada de gente y completamente sola, tuve tiempo suficiente
para observar a la gente cosa que –usalmente- no hago. Me caracterizo por ser
del tipo colgada/despistada. No presto mucha atención a los detalles y me
pierdo cosas que muchas veces terceras personas me ayudan a ver. Pero estos días
fueron diferentes, porque dejé de ensimismarme en mis pensamientos por un rato
y tuve la oportunidad de mirar a los demás, de mirar hacia afuera.
Lo que vi en principio no me pareció muy
positivo. Vi mucha gente triste, mucha gente amargada, que me ignoró o me miró
mal por el hecho de extenderle un papel en plena calle. Vi mucha gente discutir,
con caras largas y metidas en pensamientos –deduzco- negativos. También vi
mucha gente enferma, muchos ancianos rengos, muchos jóvenes con discapacidades,
enanismo y pies atrofiados. Puede sonar rara mi observación y hasta algún punto
cómica, pero en realidad es muy triste y me hizo darme cuenta lo afortunada que
soy por el simple hecho de tener salud. Además, vi que mis problemas no son tan
grandes aunque tal vez algún día lo sean. Que la mayor parte de la gente con
caras largas era gente mayor y que la juventud todavía mantiene las sonrisas.
Pero en general, lo que me dio un aliento de fe
es ver gente amable, que me sonrió y me aceptó el volante. Un volante que
probablemente tirarían en el primer cesto de basura que viesen y siquiera lo
leerían, pero que tuvieron la gentileza de ser amables con una desconocida que
estaba laburando a pleno sol. Eso, cada sonrisa que vi, me dio un poco más de
fe en la humanidad.