Voy llegando a los 21 con ganas de no llegar. Llego
así, arrastrando los pies, con la cabeza gacha, con las ganas frustradas. Tengo
mil razones para reír y mil motivos para no tener ganas. Voy llegando así, con
la cabeza resignada.
Pienso el día entero en cosas que no pasan,
estoy triste por eso, pero tengo miedo de que pasen. Miro a mi alrededor y veo
a todos moverse y cambiar de forma, y me veo a mi misma atascada, marcha atrás.
Nada supuso un avance. Lo único que pasó es que no pasó nada. Lo único que junté
fueron una pila de tipos. De tipos que son así o así, ya los sé catalogar. Llegan
y me doy cuenta en que cajón van. Se dan la vuelta y se van.
Nada dura lo que quiero que dure, nada llega
como quiero que llegue. Y mis ganas de que llegue empiezan a ser boicoteadas
por mis miedos, y mis miedos me desean lo mejor. Voy pensando que va a pasar,
que nada es para siempre, pero no me bancaría otros cien años así. Necesito
tanto llenarme que me vacío inconscientemente. Porque le encuentro el pelo al
huevo en cada cosa que hago, en cada parte de mi día, de mi semana, de mi mes y
doy por perdido el año en pleno mayo. Ya se consumieron todas mis velas, los
santos ya se cansaron de mí y me cuesta levantarme todos los días. Y voy así,
arrastrando los pies…
Tengo ganas de seguir, no quiero parar, porque
sé que en cualquier momento todo puede cambiar. Pero el momento no llega nunca,
voy a cumplir 21 y se me pasan los años. Miro a mi alrededor y todos cambian, y
yo también. Pero no cambio del modo que querría cambiar, me vuelvo un poco más
distante, un poco más apática, un poco menos yo. Y recibo a mis 21 con los de
siempre y con el que nunca está. Con el que hoy está y mañana se va, como todos
los demás. Pero levanto mi copa porque, para bien o para mal, sigo caminando. Y
hoy estoy… ¿mañana?
No hay comentarios.:
Publicar un comentario