Una vez pedí al cielo una
señal, y recibí dos. Me confundí tanto, pensé y pensé y no supe entender cual
de las dos señales era la correcta y cual no. Entonces volví a pedir, pregunté
cuál de las dos era la correcta, y las dos se esfumaron. Y me volví a sentir
confundida. Me sentí una tonta hablando con las estrellas, hablando con el
techo, con el aire. Y después de tantos años pidiendo un día me cansé y dejé de
pedir. Dejé al destino jugar sus cartas, a las casualidades hacer la suya, a
Dios mover las fichas.
Me cansé tanto que ya no
quise volver a pensar en eso, me frustré. Se me terminaron las lágrimas y así
me quedé, sola y confundida. Me cansé y no quise volver a hablar del tema, y
como si fuese a propósito, todo el mundo lo traía a cuestión. Todos me preguntaban,
todos me aconsejaban, todos intentaban hacerme sentir peor. Me decían que era
mi culpa, que no era mi culpa, que todo llega y todo pasa.
Comencé a recluirme, a tener
más cuidado, me torné más desconfiada. Me torné más seria, malhumorada,
difícil. Dejé de reír tanto y ya casi no lloraba. Perdí la inocencia, la
frescura, casi, casi dejé de creer. Comenzó a preocuparme demasiado lo que
pensaran los demás y hasta dejé de ser yo misma por momentos. Quise ser alguien
más, alguien que fuera digna de amar. Y me volví a ver sola. Hasta que un día
me cansé.
Y ese día dejé de preocuparme
por todo, dejé de pensar tanto, dejé de analizar cada detalle sin necesidad.
Dejé de torturarme, dejé de desvelarme pensando en gente que no piensa en mi.
Dejé de lastimarme, dejé de intoxicarme, dejé de mirar tanto a los demás. Dejé
de intentar ser otra, dejé de preocuparme por caer bien. Comencé a hacer más lo
que me gusta y dejé de obligarme a hacer cosas para caer bien.
Y ese día, comencé a reír
más, comencé a ser feliz.


